Nuestro organismo está constituido por un conjunto de órganos, los cuales a su vez están formados por células, que se dividen de forma regular con el fin de reemplazar a las ya envejecidas o muertas y mantener así la integridad y el correcto funcionamiento de los distintos órganos. Este proceso está regulado por una serie de mecanismos que indican a la célula cuándo comenzar a dividirse y cuándo permanecer estable.
Cuando estos mecanismos se alteran en una célula, esta y sus descendientes inician una división incontrolada que con el tiempo dará lugar a un tumor.
Si estas células además de crecer sin control adquieren la facultad de invadir tejidos y órganos de alrededor (infiltración) y de trasladarse y proliferar en otras partes del organismo (metástasis) se denomina tumor maligno, que es a lo que llamamos cáncer.

Cuando las células tumorales, con capacidad de invadir los tejidos sanos de alrededor y de alcanzar órganos alejados e implantarse en ellos, están ubicadas en el ovario, hablamos de cáncer de ovario.

Este tumor, puede crecer de cuatro maneras:
Crecimiento local: el cáncer de ovario crece por invasión directa a todas las estructuras vecinas como las trompas de Falopio, útero, vejiga y recto. Este crecimiento por contigüidad se produce al romperse la cápsula del ovario.
Diseminación peritoneal: es la forma más frecuente de crecimiento del cáncer de ovario. Se produce por desprenderse las células del tumor y esparcirse a través de la cavidad abdominal colonizando el peritoneo (membrana que reviste la cavidad abdominal y envuelve las vísceras situadas en ella). A este tipo de diseminación también se le denomina siembra peritoneal.
Diseminación linfática: los ganglios que se afectan con más frecuencia son los situados en la pelvis y alrededor de la arteria aorta.
Diseminación hematógena: se realiza a través de los vasos sanguíneos, preferentemente hacia el hígado, hueso y pulmón. Este tipo de crecimiento no es frecuente en el cáncer de ovario y cuando lo hace es tardíamente.
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